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En las sagradas escrituras de las distintas tradiciones, existen símbolos y referencias precisas que presentan al ser humano dotado de estos tres poderes, y resaltan que debemos cultivarlos de manera simultánea. Los ejemplos son abundantes:

Cuando Jesús nació, el relato cuenta que recibió la visita de tres reyes magos que le ofrecieron inusuales regalos para un niño: una pepita de oro, un frasco pequeño de mirra y una varita de incienso. Los sabios quisieron representar con estos tres regalos, las virtudes que el niño poseía en su interior y que debía desenvolver en el transcurso de su vida. El oro representa la capacidad sólida, material, de hacer algo concreto, de actuar, en suma, la vitalidad física. La mirra es un bálsamo de Oriente que indica la capacidad líquida, sentimental, sanguínea, afectiva, las relaciones humanas. El incienso, con la posibilidad de atraer a los buenos espíritus y alejar a los malos, señala la capacidad mental, aérea, de abstracción, de la conciencia, de la espiritualidad, de la solidaridad. Los regalos que recibió Jesús guardan así un significado maravilloso.

La misma realidad se repite en el bautismo de la tradición cristiana, cuyo ritual se realizaba en la antigüedad mediante tres imposiciones que marcaban una vida integral, esto es, para el progreso tridimensional: en el momento más importante de la ceremonia, al bautizado se le introducía un granito de sal en la boca, luego se bañaba con agua su cabeza y se pronunciaban palabras especiales identificadas con la vida divina. Igual que los regalos de Jesús, la sal, el agua y las palabras (sólido, líquido y aéreo), simbolizan la inmersión de la persona en un proceso de desarrollo material, sentimental y espiritual.

La tradición de Medio Oriente también revela este principio tridimensional, cuando afirma que para alcanzar su plenitud, el hombre debe sembrar un árbol (capacidad física), tener un hijo (capacidad sentimental), y escribir un libro (capacidad mental). Estos mandatos son también una simbología, pues el progreso humano no está, obviamente, en cumplir las tres condiciones citadas. Por sí mismas ellas no significan ninguna proeza, pero en su comprensión profunda nos conducen hacia la plenitud.

En la religión católica, los sacerdotes y monjas prometen practicar tres votos básicos, que según su doctrina les acerca a la divinidad. Se comprometen a cumplir hábitos concretos para demostrar su conciencia y devoción, para vivir bajo el amparo divino. Los votos de pobreza, castidad y obediencia tienen estrecha relación con el cultivo físico, sentimental y espiritual.

El voto de pobreza (física) indica que es preciso ser moderado y respetuoso al usar y consumir la materia. Esto empieza por la alimentación, que es primordial para mantener la salud y la energía para actuar. Moderación significa una medida apropiada de consumo, sin carencias ni excesos, sin malos hábitos que son la causa de la enfermedad y la degeneración.

El voto de castidad (sentimental) no se refiere al celibato, instaurado hace pocos siglos. Este voto significa conservar y defender la casta familiar y humana, la pureza en las relaciones personales, ser casto y educado en los asuntos afectivos y sociales, para vivir con paz y amor en el corazón.

El voto de obediencia (espiritual) busca reconocer y acatar con alegría las leyes universales y humanas a las que estamos sometidos. Al ampliar la conciencia, sabemos que esta obediencia es el camino hacia la mayor libertad individual y colectiva.

Estos tres votos son muy poco entendidos en su significado auténtico. Su cumplimiento brinda potencia, presencia y ciencia a los hijos de Dios. Deberían ser comprendidos, en especial, por quienes se consideran representantes de Dios en la Tierra. Cuando Jesús nos manda a purificar el alma, no se refiere solo al espíritu. La limpieza del alma incluye purificar el cuerpo y la mente, es decir, la materia y el espíritu que la conforman. Es lamentable confirmar cómo muchos de sus seguidores viven en el abuso y la gula, en el aislamiento, el intelectualismo y la especialización. No cuentan con principios alimenticios para vitalizar su cuerpo, con convivencia para madurar sus sentimientos, tampoco buscan información global para expandir el pensamiento. Por eso sufren a menudo de enfermedad, soledad y vacío.

Muchos religiosos se quedan así distantes de la gracia divina, solo con palabrerías intelectuales. Cuando están agobiados por problemas personales y calamidades a su alrededor, solo piden favores divinos, o asumen resignados sus padecimientos, como si fuesen enviados de modo incomprensible por quien adoran. No reconocen que deben construir su propia gracia, esto es, cambiar la raíz de sus males que es su forma de vida, y educar costumbres vitales a la sociedad.

Puede comprobar y vivir la Potencia humana quien aprenda a vitalizar su cuerpo, a mantenerlo saludable y a controlar las amenazas del medio. Este poder significa la capacidad de estar activos, de trabajar con energía, permanentemente.

Quien cultive la vida sentimental expandirá su Presencia. Para ello debe consagrarse a las relaciones humanas, a su integración y maduración. Estar presente significa saber relacionarse, estar relacionado entre el cuerpo y la mente, con las personas alrededor y con todo.

La Ciencia o conocimiento amplio, es fruto del desarrollo del pensamiento en todas las áreas del saber. Este desarrollo trae cada vez mayor comprensión y riqueza espiritual.

Si queremos participar de la vida divina, o sea, de la omnipotencia, omnipresencia y omnisciencia, debemos vivir un proceso permanente de cultivo físico, sentimental y mental. Vivir con salud, amor y libertad, las mayores aspiraciones en la búsqueda de “Dios o el Ser Supremo”, es factible para quienes se dedican a la educación de sus facultades innatas. La enfermedad, la desintegración afectiva y la miseria, son alternativas para quienes rompen el orden interno y externo, o para quienes se acomodan sobre sus pequeñas conquistas e intenciones.

Todas las religiones nos enseñan buenas costumbres físicas, sentimentales y mentales que debemos cumplir, para alcanzar estados de gracia y felicidad. También nos alertan sobre los vicios que nos separan de la divinidad, y que acaban en desgracias y sufrimientos innecesarios.

Necesitamos comprender la constitución tridimensional universal y aplicarnos en nuestro desarrollo integral. Así satisfacemos nuestras necesidades básicas e impulsamos nuestras aspiraciones más profundas.

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