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Para muchas personas la enfermedad solo sirve como fuente de sufrimientos, angustias, gastos y desesperación. Este no es el sentido profundo de la existencia de la enfermedad.

Cuando una persona acerca su mano al fuego, el dolor es lo único que le permite protegerse y reconocer el daño que se causa. Ni siquiera las advertencias de otros le servirán sin un mínimo sufrimiento. La Biblia nos dice: “No existe remisión sin sangre”, como referencia del mínimo sufrimiento interior obligatorio para el desarrollo de la conciencia.

En este sentido, las enfermedades son imprescindibles para el cuidado personal y el autocontrol. Ellas cumplen una función vital: por medio del dolor y el sufrimiento nos indican que algo estamos haciendo mal, algo en contra de nosotros mismos. ¿Cómo podríamos darnos cuenta de que estamos maltratándonos, sin la enfermedad?

La enfermedad es el inicio de la educación para la salud. Es el maestro que señala el error y lo corrige para que podamos aprender y progresar. Quien nunca se enferma no aprende nada sobre el autocontrol de su cuerpo, y con el tiempo se vuelve víctima de sus procesos autodestructivos. Cuando enfermamos, debemos reconocer con alegría la oportunidad de sensibilizarnos en todo sentido.

Aprendemos mucho más con la enfermedad que con la salud. Sin enfermedades no podemos reconocer nuestros límites ni tampoco aumentar nuestras facultades. Quien aprovecha su enfermedad, vive y aprende el doble de quien solo aprecia la vida cuando está sano.

No debemos entregar nuestra enfermedad a los doctores o centros de asistencia. La enfermedad es nuestra. Es una propiedad de valor incalculable. Si la entregamos, ellos nos usarán para experimentar sus técnicas y criterios, mientras nosotros solo seremos su consecuencia. Además, los sistemas de medicina sintomáticos no han aprendido casi nada sobre cómo curar enfermedades, porque solo quieren eliminarlas, no quieren conversar con ellas para aprender.

Por medio de la enfermedad, como autocrítica profunda, nos comunicamos de modo íntimo y eficaz con nosotros mismos. Así podemos apreciar y mantener nuestra vitalidad, y superar nuestras barreras de autoconocimiento. Sin enfermedades la vida humana sería extremadamente peligrosa y limitada. No habría autocrítica para confirmar el acierto ni corregir el error.

Quien no sufre enfermedades no tiene fundamento para su desarrollo fisiológico, no cuenta con la base para edificarse. La enfermedad es la materia prima de la evolución personal, si nos esforzamos en acabar con ellas sin aprender nada, perdemos esta preciosa fuente de sabiduría.

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