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Las opciones de tratamiento de este mal llegan al colmo de lo ridículo. Impresiona la cantidad de centros que hay en las ciudades para tratar la obesidad. Ofrecen tecnologías de punta y remedios “milagrosos sin contraindicaciones”, con resultados inmediatos. Además, sin hacer dieta. ¡Cuánto engaño! Por eso, es increíble ver tal cantidad de ingenuos que fracasan una y otra vez, gastan sumas enormes. En otros casos, se imponen dietas radicales y peligrosas que producen baja de peso en treinta días. Pero como la persona no puede continuar con tanta opresión, recupera todo lo que perdió en corto tiempo. Muchas personas se resignan con dolor a esta carga pesada, que tanto limita sus vidas, porque les han diagnosticado un problema “hereditario”, de alteración en la tiroides. Otra locura que ahora se hace es coser o extirpar la mitad del estómago para que el paciente coma menos.

La obesidad no se debe tratar con mentiras comerciales, con dietas momentáneas, ni con hormonas. Mucho menos con cirugías bárbaras. La disfunción de la tiroides es consecuencia y no causa de la obesidad. La herencia es de las pésimas costumbres. ¿Por qué en Estados Unidos, el 40% de su población padece de obesidad, mientras entre campesinos tradicionales es casi inexistente? A largo plazo, con cambios graduales de los malos hábitos, los resultados son seguros y magníficos. Entre cientos de personas a las que he visto cómo eliminan su gordura de manera estable, y que han sentido renacer al volverse delgadas, cito el caso de una familia de amigos íntimos en Venezuela: ellos son cinco miembros que cambiaron su modo de vida, expulsaron entre todos más de cien quilos que cargaban con pesar. También se despojaron de fanatismos y consumismos, abrieron muchas posibilidades para sus vidas. Con esta experiencia fabulosa han influido enormemente en su entorno.

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