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Se hacen innumerables estudios sobre esta enfermedad mortal y en general “incurable”, sin que se descubra su causa básica. Se la considera una enfermedad genética pero, ¡claro!, sin saber por qué se alteran los genes. Las clasificaciones, teorías y tratamientos modernos aumentan, mientras igual aumenta el número de víctimas. En algunos casos se controlan los síntomas por medio de aplicaciones prolongadas y destructivas de quimioterapia, que no garantizan la duración del resultado. No se educa nada sobre la causa primaria de la enfermedad: el estilo de vida del enfermo. La gente supuestamente curada de este mal gracias a las medicinas recibidas, puede lamentar sorpresas en cualquier momento.

Traté a un indígena muy pobre que sufría una leucemia aguda que lo estaba matando. El conteo de glóbulos blancos en su sangre llegó a 400.000 (lo normal es 8.000). Ya no podía trabajar, tenía moretones en todas partes, el bazo muy dilatado. Sentía profundo decaimiento y tristeza por sus hijos pequeños a los que dejaría pues se le acercaba la muerte. Estuvo tratándose sin resultados positivos durante largo tiempo en hospitales del estado, pero nadie le daba esperanza.

Observar su amor a la vida fue algo divino. En la primera conversación que tuvimos, de inmediato, juró sin ninguna duda cumplir con todas mis indicaciones, que eran su única y última esperanza. Me quedé asombrado y en muchas ocasiones me criticó su ejemplo de obediencia total sobre lo que debía y no debía hacer. Fui a su humilde hogar a enseñar a su esposa un mínimo menú semanal y cómo prepararlo para que ofreciera a su marido. La esposa se sumó enseguida a esta forma de alimentación para apoyarlo, eran muy unidos. A pesar de una comida muy simple, nunca se quejó de falta de variedad durante los seis meses que duró la parte más exigente de la dieta. Solo le importaba que se sentía cada vez mejor. Además, los resultados de exámenes le indicaban que se estaba curando. Era tan obediente que en ocasiones me llamó por teléfono a preguntar si podía beber un poco más de agua, pues sentía mucha sed y yo le había advertido sobre el perjuicio del exceso de líquidos.

El intelectualismo hace muy difícil controlar los deseos, pero la gente tradicional del campo es mucho más integrada entre la mente y el cuerpo. Esta dedicación admirable lo encaminó rápidamente al trabajo normal. Su recuperación feliz y definitiva tomó un año y medio. Este indígena había cambiado sus costumbres tradicionales por una dieta nociva de harinas refinadas y mucha azúcar, por largo tiempo, hasta enfermarse. Esto le ocurrió hace muchos años. Su curación fue gratuita, sin ningún remedio.

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